Opinión
Puntos de vista

La ideología del voto

  • Carlos Sortino, referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA).
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  • Datos de distribución del ingreso total familiar, con información del INDEC.
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Por Carlos A. Sortino (https://www.facebook.com/CarlosASortino/) (*), especial para NOVA

El ser humano que vota es un ser profundamente ideológico y no meramente instintivo, con su propia sobrevivencia como único horizonte, porque no encuentro razones objetivas que expliquen que más del 30 por ciento de la población vote gobiernos que contrarian sus necesidades y expectativas. Y esa profundidad ideológica no es otra cosa que una manera de concebir la realidad y actuar en ella, así, lisa y llanamente, sin contorsiones literarias. Esta es mi hipótesis.

Nuestro marxismo-leninismo

Nuestra concepción de la realidad es estructurada por los otros que fueron y también es estructurante de los otros que vienen. Pero no pensemos en una estructuración cerrada, en un mandato a cumplir obedientemente. Pensemos, más bien, en un sentido común que se proyecta desde los centros de poder y contamina a toda la población, pero sólo surte efecto en una parte de ella, la suficiente para establecer una cultura dominante y sostenible en el tiempo.

Esta cultura dominante coloca al ciudadano como único responsable de su propio destino, y, al tiempo que lo enaltece en apariencia, lo envilece en la realidad, porque si es el único responsable de su propio destino, el otro no le importa nada, el otro es tan sólo un obstáculo que debe ser removido, que debe ser desaparecido de la ruta. Este es el sentido de la tan mentada meritocracia.

El personalismo no se diluye. Lo colectivo no se materializa. Porque estas son las características dominantes de nuestra cultura, de nuestro sentido común, de nuestra profunda ideología: el individualismo y la exclusión, aun en movimientos populares, nacionales, democráticos. Es la fragua ideológica bicentenaria (la famosa grieta, reduccionismo mediante) contra la que tenemos que batallar incansablemente.

La ideología dominante es la ideología de la clase dominante, supo sintetizar Karl Marx a mediados del siglo 19. Así funciona desde siempre la humanidad. Cambian los actores, cambian las tecnologías, cambian los modos de producción y distribución de la riqueza. Pero aquella condición humana se mantiene inalterable. Y el sentido común viene a ser su vulgata, el motor cotidiano de las conductas sociales.

Esto puede ser demostrado tan sólo con revisar la distribución del ingreso de una serie determinada de años (en este caso, 2003-2018). Podremos ver en esta revisión que Marx tenía razón al sostener que “la ideología es un falseamiento de la realidad”, pero que también Lenin supo dar en el clavo cuando completó esa tesis al afirmar que “la ideología es una concepción del mundo”. Los números que vamos a ver le dan la razón a Marx. Y las conductas sociales demuestran que Vladimir Lenin no se equivocó. Podríamos decir que la realidad es marxista-leninista

No es lo mismo

Con los datos del INDEC a la vista, observamos que el estrato alto (20 por ciento de la población) se llevaba en 2003 el 53 por ciento del ingreso, pero que en 2015 ese ingreso cayó al 43 por ciento. Hacia fines de 2018, la revolución de la alegría ya está dando sus frutos: aumentó al 45,8 por ciento, con expectativas mayores.

En cuanto al estrato medio (40 por ciento de la población), en 2003 lograba el 35 por ciento del ingreso y en 2015 llegó al 40 por ciento. Pero el cambio le deparó un par de puntos de caída, con expectativas de plano inclinado.

Mientras tanto, el estrato bajo (40 por ciento de la población), en 2003 tenía un ingreso del 12 por ciento y llegó al 17 por ciento en 2015. El sinceramiento, sin embargo, le hizo perder un punto en tres años, con expectativas de mera supervivencia.

Esto significa que en aquellos funestos tiempos en que se robaban todo, esa época nefasta que nos legó una pesada herencia, el estrato bajo incrementó sus ingresos en más del 40 por ciento y el estrato medio experimentó un crecimiento en el mismo rubro de más del 14 por ciento, mientras que el estrato alto vio reducido en más del 18 por ciento su peculio.

Dicen los que saben que, afortunadamente, el país está volviendo a la normalidad.

Los que mandan y los otros

Retomo la hipótesis original, bosquejo a su luz esta clasificación alternativa y conjeturo lo que probablemente ocurre en cada casillero oficial y entre ellos:

Los incluidos establecen las políticas directrices de nuestra vida en sociedad y garantizan su “desarrollo sustentable”. Es el “estrato alto” de la población, según la clasificación del INDEC, integrado por la clase dominante y por quienes, sin pertenecer a ella, comparten sus imperativos materiales e ideológicos y se benefician por ejercerlos en la práctica social concreta.

Es lo que ortodoxamente llamaríamos clase capitalista o burguesa (10 por ciento del estrato alto), junto a sus “intelectuales orgánicos”, expresión muy poco ortodoxa para este caso (el otro 10 por ciento del estrato alto). Pero hay una marcada diferencia en el interior de este estrato social: la clase dominante se lleva el doble de lo que se llevan sus “intelectuales orgánicos”.

Los recluidos trabajan y se comportan de acuerdo con estas políticas directrices, aun con quejas y peticiones de cambio (casi siempre formal, casi nunca estructural). Es el “estrato medio” de la población, un sector de formación social compleja, que, aun sin compartir los imperativos materiales e ideológicos de los incluidos (o compartiéndolos idealmente, pero sin esperanza alguna de lograrlo en la realidad), no ve otra posibilidad que adaptarse a ellos, más por temor a una caída en su poder adquisitivo que por proyectar su traslación al sector de los incluidos.

Hay en este sector profesionales, pequeños y medianos comerciantes, técnicos, científicos, trabajadores asalariados de mediana y alta remuneración (tanto del sector privado, como del sector público), ente otros. Pero también al interior de este estrato social hay marcadas diferencias, porque muchos de ellos caen bajo la línea de pobreza, otros muchos tratan de mantenerse “a flote” y una minoría “calificada” se coloca a corta distancia de los “intelectuales orgánicos”, pero sin expectativa alguna de alcanzarlos, dado que estos tienen más posibilidades de “caer” que aquellos de “subir”.

Los excluidos no hacen más que subsistir con las sobras de incluidos y recluidos. Es el “estrato bajo” de la población, sector integrado por las capas sociales que no sólo no comparten los imperativos materiales e ideológicos de los incluidos (o que ni siquiera se plantean la existencia de esos imperativos), sino que tampoco pueden ser funcionales a ellos, como lo son los recluidos, aunque sí pueden ser cooptados, a cambio de satisfacer alguna necesidad que no podrían saldar de otra manera.

Hay en este sector fundamentalmente desocupados y trabajadores asalariados de media y baja remuneración (del sector público y del sector privado), en “blanco”, los menos; en “negro”, los más. Las diferencias también existen al interior de este estrato social, ya que generalmente sus habitantes luchan por mantenerse “arriba” de la línea de indigencia como único objetivo, porque difícilmente puedan superar la línea de pobreza.

El año impar

Ni siquiera los indicadores que propone el mismo “sistema” pueden encubrir su comportamiento: el estrato medio (los recluidos) va aportando al constante crecimiento poblacional del estrato bajo (los excluidos), para darle cabida en su seno a los “caídos” del estrato alto (los incluidos), cuyos integrantes son cada vez menos y tienen cada vez mayor ingreso, proveniente del recorte en la participación de la “torta” de los dos primeros estratos (recluidos y excluidos).

Los recluidos se miran en el espejo de los excluidos y ven su probable futuro. Se miran en el espejo de los incluidos y ven su imposible porvenir. Su reclusión les siembra la repulsa por la pobreza (que puede encubrirse con caridad cristiana o con asistencialismo) y la renuncia a la riqueza (que puede camuflarse de esperanza en la movilidad social o en los juegos de azar).

Esta tensión se resuelve en una suerte de alianza estratégica -consciente o inconsciente- con los incluidos, de manera que las posibilidades de cambio -visualizado casi siempre como un riesgo para la propia condición- sean mínimas.

¿Qué decir de los excluidos que no haya sido dicho en el apartado anterior? ¿Qué interpretar de su conducta que no pueda, a esta altura, imaginarse? También aquí los excluimos. Porque la estigmatización ya tiene a sus propaladores y a un público anhelante.

Y ya que estamos en año impar, podemos decir que la deriva electoral de la población es bastante semejante a esta deriva social y es por eso que no podemos despreciar este tipo de análisis. Aunque siempre hay excepciones: ellas son las que alimentan expectativas distintas. Ya sabemos que tanto la expectativa como la necesidad son motores históricos. Juntos o separados.

La clasificación

Tomo para este breve ensayo información y metodología oficial del Estado argentino, que clasifica a la población en estrato alto (los incluidos), estrato medio (los recluidos) y estrato bajo (los excluidos). Esta estratificación en clases de la sociedad no es un delirio marxista: es consentida y alimentada por el propio Estado burgués a través del INDEC, el organismo que se ocupa de colocarnos a cada uno en el casillero que nos corresponde, en consonancia con protocolos internacionales.

Al estudiar la distribución del ingreso, previamente clasifica a la población en estrato bajo, estrato medio y estrato alto, estableciendo para los dos primeros una sub clasificación en cuatro deciles cada uno, mientras que para el tercero asigna sólo dos deciles. Cada decil contiene a un 10 por ciento de la población. Hay que decir que esta manera de concebir la realidad no es un invento del actual gobierno: siempre ha sido así. Lo que cambia, según cada gobierno, es su contenido, es decir, a qué casillero va a parar cada uno.

Me estoy refiriendo exclusivamente a la distribución del ingreso total familiar, esa parte de la riqueza producida que se mide en términos monetarios y no contempla el patrimonio total, aunque puede perfectamente deducirse. Acompaño esta columna con el detalle de la manera en que nos clasifican y cómo se ha ido repartiendo la “torta”, utilizando datos oficiales del INDEC.

(*)Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA): https://www.facebook.com/COMPALaPlata/

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