Sexo y erotismo
904-935 DC

La etapa de la "Pornocracia" en la Iglesia Católica

  • La jerarquía eclesiástica y el sacerdocio en general gozaron de una activa vida sexual plagada de “desviaciones” y “perversiones”.
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  • La jerarquía eclesiástica y el sacerdocio en general gozaron de una activa vida sexual plagada de “desviaciones” y “perversiones”.
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Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

Desde los tiempos de la institucionalización del cristianismo se instaló la moral paulista, que controlaba y reglamentaba la actividad sexual restringiéndola al matrimonio y únicamente con finalidad reproductiva. No se admitía método anticonceptivo alguno y la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio eran la norma.

Por esta razón, la sexualidad recreativa o informal fue duramente perseguida y castigada. Incluso dentro del matrimonio, se consideraban como “anormales” los encuentros sexuales en los que se utilizaban preservativos o métodos anticonceptivos elementales, la sexualidad durante el período de menstruación, el sexo oral y anal, la masturbación mutua o las posiciones definidas como “anti-naturales”.

La regulación de la sexualidad se convirtió en una verdadera obsesión dentro de la Iglesia Católica. Se impusieron prohibiciones para su práctica en Navidad, Cuaresma, Pentecostés, celebraciones de la Virgen, y hasta los sábados y los domingos.

Dentro de esta lógica, cualquier práctica de la sexualidad fuera del matrimonio estaba rigurosamente prohibida. También se condenaba de manera ejemplar la homosexualidad, el incesto, la masturbación, la utilización de afrodisíacos, opiáceos y objetos sexuales, el bestialismo (denominación arcaica de la zoofilia), el adulterio y la iniciación sexual femenina previa al matrimonio. Tales prácticas eran definidas como “perversiones”, e incluían a menudo castigos de reclusión. El lesbianismo, por ejemplo, era sancionado con tres años de encarcelamiento, y el bestialismo con quince.

La obsesión por el control de la sexualidad terminó convirtiéndola en uno de los ítems más reiterados de acción de la Inquisición, que frecuentemente asociaba la sexualidad con manifestaciones demoníacas. En estos casos, regularmente el castigo eran la tortura y la hoguera.

En general, el Vaticano estuvo manejado por hombres, que insistían en culpar de las “desviaciones” a las mujeres, a las que durante mucho tiempo se las consideró desprovistas de alma, expresión de la serpiente demoníaca que desviaba del camino recto a los incautos. Sin embargo, pese a que la prohibición regía también para ellos, la jerarquía eclesiástica y el sacerdocio en general gozaron de una activa vida sexual, plagada de “desviaciones” y “perversiones”.

Los estudios disponibles permiten comprobar que muchos Papas fueron homosexuales. También, con frecuencia, hijos naturales de sacerdotes o de Papas alcanzaron la Magistratura eclesiástica. Las prácticas de la homosexualidad, la pederastia, el proxenetismo, el masoquismo o el sado-masoquismo, el sadismo, las orgías y las fiestas con prostitutas caracterizaron a una institución que privilegiaba la regulación de la sexualidad humana. Sotto voce. La sociedad no lo ignoraba. Sólo que, de eso, no podía hablarse, al menos públicamente.

Sin embargo, durante una breve etapa se registró una situación bastante particular en la Iglesia, que fue estudiada por el Cardenal Baronius en el Siglo XVI en sus “Annales Ecclesiastici”, a la que denominó Pornocracia o “Gobierno de las Prostitutas”.

Hasta 1274, cuando se establecieron los Cónclaves Cardenalicios, los Papas eran escogidos por designación directa. Producto de este sistema, entre 904 y 935, dos mujeres, Teodora y Marozia, madre e hija, consiguieron que el papado se convirtiera en una especie de monarquía hereditaria en la que el poder real residía en las mujeres. Su poder prácticamente ilimitado, a través de una ingeniosa combinación entre sexualidad, conspiración y asesinato. Seis fueron los papas que reinaron bajo su tutela: Sergio II, Anastasio III, Landón, Juan X, León VI, Esteban VII y Juan XI.

Marozia nació en el año 892, hija del Senador romano Teofilacto I de Teodora de Constanza. Teofilacto detentaba el cargo de Vestararrius, que entre otras prerrogativas tenía a su cargo la superintendencia sobre el gobierno de Rávena, máxima autoridad de la ciudad. Tenía a su mando las milicias con el título de Dux et Magister Militum. Era propietario del Castillo de Sant Angelo y, gracias al inmenso poder acumulado, ensombrecía incluso al propio Papa.

Desde pequeña, Marozia de Spoleto era famosa por su belleza, a las que sumaba su inteligencia, la ausencia de trabas morales y una llamativa capacidad de manipulación. Fue casada con Alberico I el Mayor, Marqués de Camerino y Duque de Spoleto a los 14 años, y a los 17 ya estaba embarazada, pero no de su marido, sino del Papa Sergio III, con quien mantenía una intensa sexualidad desde los 15 años. Marozia dio a luz a un niño que se convertiría en el futuro Papa Juan XI.

Sin embargo, la trama es bastante más compleja, ya que Marozia heredó de su padre el afán por el poder y la riqueza, y de su madre, Teodora, su ambición, su apetito sexual y su capacidad manipulatoria.

Las investigaciones permiten comprobar que Teodora desplegaba una vida sexual muy activa y variada, algo bastante frecuente entre la aristocracia laica y religiosa de la época, más allá de las restricciones impuestas por la Iglesia. Cuando se obsesionó con unos de sus amantes, lo hizo designar como Papa, con el nombre de Juan X, con la finalidad de mantenerlo en Roma, controlado y en su proximidad.

A la muerte de Teodora, Marozia salió a disputar el poder de Juan X, al que encargó asesinar previo arresto con falsas acusaciones. Para entonces el poder de Marozia era prácticamente absoluto, y lo utilizó para imponer y deponer Papas a su voluntad. Producida la muerte de su segundo marido, Guido de Toscana, en 929, en circunstancias poco claras, Marozia decidió casarse con su hermanastro, Hugo de Arlés –conocido también como Hugo de Provenza, Rey de Italia. Esta boda hubiera sido imposible para cualquiera otra, ya que Guido ya estaba casado, y el matrimonio era considerado indisoluble por la Iglesia. Pero no para Marozia, ya que su hijo había asumido como Papa, con el nombre de Juan XI.

En síntesis, durante dos décadas, Marozia manejó a voluntad el Vaticano. Se la conoció como “La Papisa”. Durante este Fue amante del Papa Sergio III, madre del Papa Juan XI, abuela política del Papa Juan XII y hermanastra de Teodora la Joven, quien a su vez era hijastra de Juan X

Pero, como todo llega a su fin, las intrigas palaciegas y la natural declinación producida por el paso del tiempo terminaron con su hegemonía. Así Marozia terminó con sus huesos en una cárcel, hasta que en 954 fue trasladada a un convento, donde fallecería poco después. Tenía por entonces 63 años.

La “Pornocracia” encontró así su fin, aunque algunos autores lo extienden hasta 964, debido a la influencia que mantuvo su hijo, Alberico II, sobre los Papas León VII, Esteban VIII, Marino II, Agapito II y Juan XII.

El poder de Marozia fue tal, que, pese a que a nadie escapaban sus acciones ni su intensa vida sexual, su contemporáneo, el sacerdote y poeta Eugenio Vulgarius, la inmortalizó como “matrona santa y amadísima de Dios”.

En definitiva, Marozia fue una mujer que consiguió empoderarse por sus propios méritos en un mundo de hombres y en una institución donde sus congéneres siempre habían sido avasalladas. Utilizó los recursos a su disposición con eficacia y habilidad. Desempolvar su memoria constituye un mero acto de justicia póstuma.

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