Sexo y erotismo
Acciones de ayer y de hoy

El "delito de solicitación" o la práctica del abuso sexual como forma de redención en el acto de Confesión Cristiana

  • El “delito de solicitación” se extendió por todo el mundo hispano, y las penas tolerantes terminaron por garantizar su reproducción hasta nuestro días.
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Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

La herramienta utilizada para imponer la sumisión de los cuerpos y de las mentes por la Iglesia Católica fue la Santa Inquisición, creada en el sur de Francia en 1184 para reprimir las "herejías" de los cátaros o albigenses por medio de la tortura y la muerte. En territorio ibérico se implantó en 1184 en el Reino de Aragón, extendiéndose a la Corona de Castilla en 1478, mediante la bula del Papa Sixto IV, Sincerae devotionis, para combatir las prácticas judaizantes de los conversos en territorios arrancados a los moriscos.

La función de inquisidor general correspondió inicialmente a Tomás de Torquemada, famoso por la crueldad de sus acciones. Los interrogatorios incluían torturas y vejaciones, humillaciones públicas, ordenándose la incineración en la hoguera cuando el Tribunal decretaba la culpabilidad. Los bienes de los reos eran requisados y apropiados por la Iglesia, lo cual dio lugar a reiterados casos de corrupción.

En las garras de la Inquisición caían los "herejes", los "fornicadores compulsivos" y los homosexuales. También los acusados de practicar la brujería, cuya existencia reconoció el Papa Inocencio VIII en 1484, a través de la bula: Summis desideratis affectibus, al destacar que un "gran número de personas de ambos sexos no evitan el fornicar con los demonios, íncubos y súcubos; y que mediante sus brujerías, hechizos y conjuros, sofocan, extinguen y hacen perecer la fecundidad de las mujeres, la propagación de los animales, la mies de la tierra". En Francia las cosas llegaron aún más lejos: entre 1266 y 1586 se realizaron al menos 60 juicios y ejecuciones contra animales, por asesinatos y prácticas satánicas, en base a confesiones arrancadas por medio de la tortura… ¡a otros animales!

Los primeros conquistadores ibéricos en América impusieron una cristianización superficial a los pueblos originarios, encargando tareas inquisitoriales elementales a monjes y sacerdotes. Pero entre 1535 y 1571 el control se volvió más riguroso por medio del establecimiento de la Inquisición Episcopal, que se acusó a los nativos de practicar la idolatría, los sacrificios, la brujería y hasta de antropofagia, aplicándoles un trato sanguinario.

Tanto en América como en Europa se difundió ampliamente el denominado “delito de solicitación”, consistente en que las víctimas otorgaran favores sexuales al monje confesor a cambio de morigerar el sufrimiento o de obtener la absolución de los pecados que se les imputaban. Ese fue el nombre asignado por la Santa Inquisición, que trató, en vano, de reprimirla. Tanto se extendió que formó parte de la trilogía de los delitos más perseguidos en la colonia, junto con la literatura prohibida y la bigamia.

Los estudios más completos sobre esta práctica corresponden a la sociedad mexicana colonial. El “delito de solicitación” –según relata el investigador Jorge González en su libro “Sexo y confesión”- consistía en una especie de chantaje que el confesor hacía a sus hijos e hijas espirituales por el que les instaba a realizar “actos torpes y deshonestos con él o terceras personas” a cambio de la absolución de sus pecados, aunque no faltaban los casos en que fuera el feligrés quien tomara la iniciativa. Esos “actos torpes” incluían la utilización de palabras soeces, caricias genitales, propuestas carnales, la práctica de sexo oral, la introducción de objetos y, también, el coito anal y vaginal.

Si bien la Iglesia Católica consideraba que la culpabilidad de esa práctica era del sacerdote, incluso en los casos en que la oferta procediera del penitente, la Santa Inquisición exigía que los fieles denunciaran tales situaciones, a riesgo de ser considerados como cómplices. En el caso mexicano, el 70 por ciento de los archivos de la institución se componen de casos de “delitos de solicitación”.

Sin embargo, la Iglesia trataba a los sacerdotes culpables con llamativa blandura. Para el Santo Oficio no constituía una herejía ni atentaba contra la Iglesia, ya que lo consideraba solamente como actos producidos por “debilidad carnal y necesidad de afecto y cariño” de los religiosos.

González afirma que “solicitación es seducción”, y constituyen el antecedente de las prácticas posteriores –que continúan hasta nuestros días, e incluían regalos, frases amorosas, apoyo económico, protección y caricias.

La “solicitación” se volvió tan habitual que, en 1713, la inquisición debió modificar la práctica de la confesión, prohibiendo que los y las feligreses se confesaran arrodillados frente al sacerdote, ya que su cabeza quedaba exactamente en la posición adecuada para realizar una práctica “comprometida”. Sobre todo si se tiene en cuenta que, por razones de “comodidad”, los sacerdotes generalmente no utilizaban ropa interior debajo de la sotana.

También se exigió que los confesionarios estuvieran ubicados indefectiblemente dentro de las Iglesias, en lugares iluminados y de alto tránsito de personas, proscribiendo la práctica precedente que consistía en practicar la confesión en lugares aislados y/o privados, o bien en celdas enclaustradas, capillas cerradas, sacristías, casas particulares y en los propios domicilios de los religiosos.

A partir de entonces, los confesionarios no podrían estar aislados, ni tener puertas ni cortinas que ocultaran el acto de la confesión de la mirada pública. Se dispuso además que se colocara una pared o muro divisorio entre confesor y confesado/a, con una rejilla que permitiera establecer el diálogo. Pero esa rejilla debía tener orificios muy pequeños, de modo tal de impedir la práctica de “caricias eróticas” o los juegos con los dedos en la boca de la otra persona.

En los casos en que el sacerdote debiera trasladarse a la casa de un enfermo, no podría ya hacerlo solo, sino en compañía de otro religioso, y la confesión tendría que realizarse a puertas abiertas. Asimismo se prohibía que el confesor y el feligrés tuvieran conversaciones privadas antes o después de realizada la confesión.

Los estudios disponibles demuestran que el “delito de solicitación” se extendió por todo el mundo hispano. Más aún, el propio Edicto que lo prohibía se estableció como de aplicación obligada para toda España, “Nueva España”, Islas Filipinas, Honduras, Nicaragua y Guatemala. Pero, según se consignó, las penas que derivaban eran tan tolerantes que, en lugar de perseguirlo, terminaron por garantizar su reproducción indefinida hasta nuestros días.

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