Sexo y erotismo
El sexo en los tiempos de la Colonia

La "Ley del Padre" y las prostitutas "enamoradas"

La “Ley del Padre” asignaba al progenitor la propiedad de sus hijas.

Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

Durante los tiempos de la Colonia, regía en Buenos Aires y en todo el mundo español la denominada “Ley del Padre”, que asignaba al progenitor la propiedad de sus hijas. Esa propiedad se transfería al marido al momento del casamiento, por lo que las mujeres desarrollaban sus existencias en una permanente condición de minoridad.

Concebido sobre estas bases, el matrimonio estaba despojado de todo viso de amor romántico. Era un simple acuerdo de partes, un trato comercial o político, que permitía sellar alianzas o sociedades comerciales informales. Por estas razones, la ruptura de un compromiso de matrimonio se consideraba una afrenta o suceso muy grave, que encubría la ruptura de lazos a otros niveles entre las familias involucradas, y que frecuentemente podía terminar en duelos o en venganzas bastante sanguinarias.

Se trataba de un amor desprovisto de pasión. Una alianza convalidada por la palabra y el mandamiento de Dios, expresado a través de los textos bíblicos. Y por esta razón, la violación de estos preceptos era juzgada severamente, aunque los criterios no eran los mismos en el caso de los hombres y de las mujeres. La mujer infiel, por caso, autorizaba su ejecución por parte de su marido, a quien el Derecho Castellano le otorgaba la potestad de disponer su muerte, el perdón o su encierro en una institución religiosa.

Sin embargo, cuando el marido optaba por la opción de conceder una segunda oportunidad, quedaba socialmente marginado y era objeto de burlas y comentarios descalificatorios. Era un “blando” para la sociedad. O, como se decía por entonces, un “cornundo por vocación". La Ley castellana disponía, además, que el marido agraviado podía ejecutar también al amante de su esposa, ya que había “mansillado su honor” y hecho uso de su propiedad privada.

En el caso de los hombres, en cambio, la infidelidad era tolerada, y la condena recaía eventualmente sobre los hijos “naturales” que pudiesen surgir de esas eventuales uniones. Cabe destacar que la infidelidad masculina se consideraba natural, al ser el matrimonio la consecuencia de un arreglo entre familias, en las que regularmente los prometidos no tenían voz ni voto. Por esto resultaba frecuente que los hombres tuvieran familias paralelas. Las mujeres no tenían igual suerte.

Una institución que jugaba un papel determinante en cuestiones matrimoniales era el Tribuna Eclesiástico, institución ante la que se presentaban diversas denuncias de las conyugues sobre homosexualidad, impotencia o falta de consumación del matrimonio. En ausencia de conocimientos más científicos, cuando el marido era denunciado por impotencia debía someterse a pruebas que hoy consideraríamos avasallantes de la intimidad, como por ejemplo sostener un acto sexual con una prostituta ante la mirada atenta de los clérigos que componían dicho tribunal.

No sólo no existían visos de amor romántico, sino que el enamoramiento era visto como una situación agraviante o de inferioridad social o moral. “Enamoradas” era la denominación que se otorgaba a las prostitutas. Más aún, en vista de que la función del matrimonio era la alianza entre familias y la reproducción, el disfrute o la intensa actividad sexual de una mujer con su propio marido era considerada como una forma de adulterio, que afectaba en este caso también al mandato divino. Cuando el compromiso entre los futuros conyugues estaba concretado y celebrada la reunión social que lo convalidaba, era frecuente que se autorizara a los involucrados a tener vínculos sexuales. El problema radicaba en este caso cuando, por alguna razón, ese acuerdo se rompía, porque la novia quedaba públicamente deshonrada. Esto daba lugar a venganzas y liquidaba la posibilidad de que la mujer pudiera casarse en el futuro con un “buen partido”.

Sin embargo, por imperio de los cambios que impuso la llegada de comportamientos propios de la cultura francesa al Río de la Plata, unos años antes de la Revolución de Mayo este sistema riguroso se resquebrajó un tanto. En los tramos finales de la Colonia se comprobó un cierto relajamiento de la severidad con que se trataba anteriormente la cuestión sexual, y es famoso el caso de Mariquita Sánchez, quien concretó su casamiento con su primo Martín Thompson, haciendo prevalecer el amor romántico aún a costa de un enfrentamiento con su familia y hasta con el propio Virrey.

Sin embargo, esta primavera de cierta liberalidad concluyo con la Revolución, ya que posteriormente se reinstalaron las viejas prácticas, y por mucho tiempo las mujeres volvieron a ser consideradas como propiedad de sus padres o de sus maridos. Aunque no faltaron algunas excepciones que sólo sirven para confirmar esta regla.

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