Sexo y erotismo
Edad Media Europea

El eclipse de la sexualidad

  • La riqueza y diversidad sexual de los tiempos clásicos fue una de las principales víctimas del orden sacralizado.
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  • La riqueza y diversidad sexual de los tiempos clásicos fue una de las principales víctimas del orden sacralizado.
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Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

La Edad Media europea se extendió entre los Siglos V y XV dc. Con justicia se la ha denominado “Edad Oscura”, debido a la implacable vigilancia de la Iglesia sobre las acciones públicas y privadas, y que restringió a niveles mínimos el ejercicio de la libertad y la creatividad humanas, tan valorado por griegos y romanos.

Como no podría ser de otro modo, la riqueza y diversidad sexual de los tiempos clásicos fue una de las principales víctimas de este orden sacralizado que asociaba al sexo únicamente con la reproducción en el ámbito del matrimonio. En la sociedad medieval, la práctica del sexo entre los conyugues se denominaba “dilectio” (amor honesto y comprometido) u “honesta copulatio”.

La castidad femenina era considerada como un alto valor, que aseguraba la salvación del alma de la mujer casta. Por contraposición, la “fornicación” era definida como una práctica satánica y el deseo sexual se consideraba como una enfermedad de la carne. Para disuadirlo se recomendaba que los hombres se practicaran sangrías en las venas de los muslos y que las mujeres se hicieran lavajes de incienso en la vagina, para atenuar la tentación.

El adulterio era considerado tanto como un delito civil como religioso, ya que no sólo contravenía la sagrada institución del matrimonio, sino que también afectaba el orden social deseado, al poblar el mundo de bastardos. Sin embargo, los castigos no eran equitativos para ambos sexos, ya que mientras que en el caso del hombre se lo asociaba con el “amancebamiento” –mantener una mujer por fuera del matrimonio-, las mujeres eran consideradas como “adúlteras”. Según el Derecho Castellano Antiguo, el marido tenía la atribución de ejecutar a los adúlteros y apropiarse de sus bienes para aplicarlos al fin que dispusiese. Adicionalmente, en Francia se sometía a los infieles a un “paseo infamante”, donde sufrían burlas e insultos, y debían soportar golpes e impactos de objetos contundentes.

Si bien el matrimonio era considerado como la forma sacra y excluyente de unión, en ocasiones se toleraba también la “barraganía”. Se trataba de una unión de hecho que implicaba una especie de contrato virtual de compañía y amistad entre solteros, que permitía que la “barragana” o “concubina” compartiese la vivienda del hombre con el que se había “amancebado”. Esta práctica era muy frecuente entre los miembros del clero, y era un vínculo tolerado por la Iglesia que permitía burlar la norma del celibato que la misma institución había impuesto con una finalidad primordialmente patrimonialista.

Tal como ha sucedido reiteradamente a lo largo de la historia, la prostitución era condenada y aceptada a la vez. Si bien era caratulada como “pecado mortal”, al mismo tiempo era tolerada por la Iglesia como un “mal necesario”, ya que permitía morigerar las violaciones –muy frecuentes durante el período- y las eventuales separaciones de los matrimonios constituidos.

Socialmente se valoraba el debut sexual de los hombres jóvenes con prostitutas y el ejercicio de esa práctica hasta el matrimonio, como forma de retrasar la iniciación sexual de las niñas y así preservar el sagrado valor de la virginidad. En atención a estas consideraciones, el Gran Consejo de Venecia, reunido en 1358, dictaminó que la prostitución era “absolutamente indispensable para el mundo”, en tanto que, para la Iglesia, se trataba de un desvío o “práctica moralmente equivocada”. El propio San Agustín llegó a afirmar en un célebre texto que “si se expulsa la prostitución de la sociedad, se trastorna todo a causa de las pasiones”.

Los burdeles, mancebías y prostíbulos medievales se ubicaban fuera de las ciudades, y regularmente estaban organizados por las autoridades y sujetos a regulaciones. A menudo se exigía que una vez por semana un médico revisara a las profesionales para evitar las enfermedades de transmisión sexual. También se recomendaba que no prestaran más de tres servicios diarios. Los burdeles o prostíbulos ofrecían regularmente bebidas y alimentos a los consumidores, como servicio adicional. En general se exigía que las prostitutas utilizaran algún signo externo que las identificara como tales –cintas rojas en la cabeza, campanas en los sombreros, ropa de determinados colores-.

En la Edad Media se registra un violento cambio de rumbo en lo referido a la libertad y variedad de prácticas sexuales respecto de la Edad Clásica Greco-Romana que la antecedió. En efecto, mientras que griegos y romanos valoraban y eran practicantes entusiastas de la homosexualidad, la sodomía y el lesbianismo, para los códigos religiosos medievales se trataba de graves pecados, que merecían sanciones ejemplificadoras. A partir del Siglo XII, la Iglesia

Al contrario que en la época clásica, la homosexualidad, la sodomía y el lesbianismo eran calificados de pecados graves, por lo que Iglesia empezó a procesar a los pecadores entre los siglos XII y XIII. La sodomía –práctica del sexo anal y/u oral entre personas del mismo o diferente sexo-, comenzó a ser castigada con la muerte en la hoguera, previa aplicación de violentos castigos que incluían la tortura, mutilaciones y castraciones. En el caso de que los acusados fueran sacerdotes, se los colgaba en una jaula a cierta altura, y se los dejaba morir por inanición. Los criterios para definir la “normalidad” de las prácticas sexuales eran tan estrictos y limitados, que Santo Tomás de Aquino llegaría a afirmar que la única forma de sexualidad no asociada con la sodomía era el coito vaginal heterosexual.

El teólogo e historiador francés Jacques de Vitry, que vivió durante el Siglo XII dc aprovechó el odio y la violencia social que los códigos religiosos sobre sexualidad descargaron sobre quienes practicaban formas de sexualidad alternativas para tratar de desacreditar al Islamismo. Mahoma, “el enemigo de la naturaleza –sostiene en su Historia Occidental-, popularizó el vicio de la sodomía entre su pueblo, que abusaba sexualmente no sólo de ambos sexos, sino incluso de animales”.

Era frecuente que los Tribunales de la Santa Inquisición asociara la práctica de sexualidades alternativas con la herejía, tal como ocurrió en la sangrienta cruzada contra los cátaros o albigenses, un culto religioso de carácter gnóstico que se extendió por Europa Occidental entre los Siglos XI y XX, sobre todo en el Languedoc francés.

La vocación de control sobre la vida privada de las personas manifestada por la Iglesia llegó al punto de establecer en qué posiciones debía practicarse el acto sexual, que en realidad era sólo una: la conocida como “el misionero”, en la que el hombre se ubica sobre la mujer, mirándose a la cara. Eran, en cambio, condenadas las posiciones que colocaban a la mujer arriba del hombre, o el denominado “coito a tergo” (el hombre detrás de la mujer), ya que, para la institución religiosa, alteraban los roles “naturales” del hombre y la mujer. El sexo anal y el sexo oral merecían una descalificación aún mayor, y se los consideraba como pecados, ya que su finalidad exclusiva era el placer y no la reproducción.

Pero no acababa allí la intromisión eclesiástica, ya que en varios lugares de Europa la Iglesia se atribuía la capacidad de designar “investigadores privados” para examinar el pene de los hombres que no podían cumplir con sus obligaciones maritales. Según el dictamen de los expertos, se podría decretar la anulación del matrimonio.

En la Edad Media se divulgó el uso de condones fabricados con vejigas o intestinos de animales, que se ataban al pene. Regularmente no tenían como finalidad la prevención de embarazos, sino más bien evitar el contagio de enfermedades venéreas, muchas de ellas mortales en la época, como por ejemplo la sífilis. En general, eran utilizados por actores pudientes en sus prácticas sexuales con prostitutas.

Para concluir este racconto sobre la sexualidad medieval, no podemos dejar de lado a un objeto que generó tradicionalmente las más diversas y alocadas fantasías: el cinturón de castidad. Se trataba de una especie de bombacha de hierro, protegida por una llave, que se mantenía en poder del hombre que se consideraba como “dueño” y usuario exclusivo de la sexualidad de una mujer.

La fantasía popular los ha asociado con las gestas de caballería, afirmando que, cuando los guerreros se ausentaban por largos períodos –batallas, extensas campañas o las Cruzadas-, pretendían asegurarse de este modo la fidelidad de su esposa. También se afirmaba que era frecuente que los padres impusieran la utilización de estos cinturones a sus hijas, para garantizar de este modo que llegaran vírgenes al matrimonio. Estos cinturones habrían tenido dos llaves: una que mantenía en su poder el marido o padre, y la otra un sacerdote encargado de quitar el artefacto si el marido moría en combate o no retornaba en un plazo de cuatro años.

A simple vista resulta difícil imaginar que una mujer pudiera soportar durante tanto tiempo un objeto de metal pesado, cortante e inflexible, resguardado por un enorme candado, que dificultaba enormemente acciones básicas como caminar o sentarse. Esto sin considerar que además producían heridas cortantes, e infecciones anales o vaginales.

Por el contrario, se acepta que los cinturones de castidad fueron utilizados por algunas mujeres para prevenir violaciones en casos de acuartelamientos de soldados o sitios de castillos, o bien durante viajes o estancias en posadas inseguras. Sobre todo, su uso era frecuente entre las enfermeras y religiosas que acompañaban a los ejércitos y atendían a los enfermos en campañas militares, para evitar las frecuentes agresiones sexuales de que eran objeto.

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