Información General
Esa costumbre de aprender fuera de tiempo

La Argentina de los Pomar y los Grimau

Dos casos que dejaron al desnudo las falencias de nuestras instituciones.

Por Facundo Arrechea, de la redacción de NOVA

Una familia destrozada al borde de una ruta provincial y un cadáver no identificado en una morgue porteña. Familiares desesperados, tiempos que no se cumplen y procedimientos policiales/judiciales que reflejan la lentitud con la que, lamentablemente los argentinos, nos acostumbramos a actuar y aprender de nuestros errores.

La Argentina de los Pomar y los Grimau, puede reflejarse en cualquier parte de nuestro extenso territorio. Y cualquiera puede ser víctima de este misterioso proceder de nuestras instituciones.

El dolor por la desaparición de un ser querido no se puede mitigar y esto es una verdad que supera los tiempos y las distancias. Pero a nadie le caben dudas que si se hubiera actuado en tiempo y forma sobre la búsqueda de la familia desaparecida después de un inefable accidente automovilístico o tras la misteriosa desaparición seguida de muerte del hijo de dos actores de renombre nacional, otro sería el estado de cosas.

No viene al caso ahondar en detalles sobre dos conocidos hechos –uno reciente, otro algo distante- sobre los cuales los medios de comunicación se han encargado de difundir hasta el hartazgo –porque asumámoslo, la tragedia sigue vendiendo en este país-.

Pero si echar un poco de luz y llamar a la reflexión sobre en qué país queremos y merecemos vivir.

La memoria argentina aprendió a recordar después de más de 30 mil muertos o desaparecidos. La conciencia ciudadana que se refleja a la hora del sufragio, todavía intenta crecer con pasos maduros en esta joven democracia que llevó al poder a hombres y mujeres cuyos intereses siempre prevalecieron por sobre los del pueblo que los elige.

En las oficinas del Estado, los expedientes maduran o se resuelven según las circunstancias que lo rodean y los intereses creados de las partes interesadas.

Y recién aprendemos a homenajear a nuestros mejores valores cuando ya no están con nosotros, cuando existen enormes posibilidades de hacer homenajes en vida. –Por suerte el querido Raúl Alfonsín al menos recibió la "protocolar" distinción de la Casa Rosada ante de mudarse al otro mundo-.

Ocurrió lo mismo con los atentados a la Embajada de Israel y la Amia, en los inicios de los no menos trágicos años 90. O en el fatídico y nefasto verano de 1997, cuando un trabajador de la libertad de prensa perdió su vida en una cava como consecuencia del egoísmo del poder y la impunidad sin límites.

Causas que siguen sin resolverse, agujeros negros en el confuso estrellato del país que hoy se jacta del Bicentenario.

Se trata del mundo del revés en su mayor dimensión. De un rompecabezas que cuando comienza acomodarse recibe golpes de puño sobre la mesa que lo desarman de vuelta.

Dentro de poco, fruto de los vaivenes de la política nacional y la vorágine informativa a la que los multimedios nos tienen acostumbrados, las lágrimas de los familiares de los Pomar o de la familia Grimau/Manso -por nombrar sólo dos casos- seguramente comenzarán a secarse y sus más profundos dolores serán parte de un incomprensible anecdotario.

Para entonces, quizá hayamos desterrado de nuestras vidas esa maldita costumbre de aprender fuera de tiempo.

Lectores: 1027

Envianos tu comentario